Leer: CRECER, así, en mayúsculas

Una breve conversación con Miguel Matesanz

Miguel Matesanz

“Soy el escritor más guapo del mundo, ¡lo dice mi mujer!”

—— * ——

Miguel Matesanz nació en el castizo barrio del Lucero, en Madrid. Es escritor y agente de recaudación en la Agencia Tributaria del Gobierno de España. Fue muy precoz en el campo de la creación y a los siete años escribió su primera obra de teatro. Desde ese día no ha dejado de escribir, ni un solo día, y fue en 2005 cuando consiguió ver publicado su primer libro. Un tiempo después, permaneció dos semanas sumergido en la bañera de su casa escribiendo El hipoceronte, que es la primera novela que publica con Edebé, pero no la última…

—— * ——

 

Conversamos con Miguel Matesanz y le hicimos cuatro preguntas para conocer un poco acerca de sus inicios como lector. Lo que nos cuenta, además de divertido, es muy interesante y una prueba de que los caminos que llevan a la literatura son muchos y, a veces, sorprendentes.

 

edebé: Miguel, ¿recuerdas cuál fue el primer texto, literario o de otro tipo, que leíste?

 

Miguel: Siempre resulta complicado recordar algo así. Muchas veces nos inventamos recuerdos de infancia que, a fuerza de repetir en nuestra memoria, terminan por convertirse en acontecimientos reales, pero creo que, más o menos, los primeros textos que me empeñé en leer fueron los siguientes:

1. Mi padre trabajaba en una editorial que sólo publicaba libros de fotografías, las mejores fotografías del año, ese tipo de volúmenes, y las fotos eran espectaculares. A pesar de los años que han pasado, todavía recuerdo muchas de ellas porque eran maravillosas. Y yo me empeñaba en leer los textos que las acompañaban, pero ¡horror!, estaban escritos en inglés. A mí me daba lo mismo. Yo los leía en voz alta y me pensaba que ya hablaba en otro idioma. Pero aunque no entendía ni papa, creo que aquello me ayudó años después a aprender inglés con más facilidad. ¿Quién sabe?

2. Por supuesto, la Biblia. No era una edición íntegra, claro, sino una de esas versiones infantiles con ilustraciones a doble página con un Jesucristo obrando milagros a diestro y siniestro como si fuera un superhéroe. ¡Me encantaba ese libro! Yo todavía no era consciente de lo que contaba, pero la cosa de los milagros me fascinaba. Y me encantaba recitar las palabras de Moisés o del propio Jesucristo en voz bien alta. Desde bien pequeño tuve un temperamento un poco teatral y melodramático, y las historias que contaba la Biblia eran geniales, nunca dejaban de sorprenderme.

3. Mi madre nos llevaba a la iglesia los domingos y siempre encontrábamos en los bancos unas hojas plastificadas con las letras de las canciones que se interpretaban durante la misa. Mientras los demás escuchaban al sacerdote, yo leía muy concentrado las letras de las canciones. A veces, resultaba un poco complicado entender su significado, pero me gustaba ese carácter misterioso que tenían. Con dos o tres lecturas, me las aprendía de memoria y entonces acudía a la iglesia deseando que hubiera nuevas canciones escritas para mí.

 

edebé: ¿Recuerdas algún momento familiar o una anécdota relacionada con tus inicios como lector?

 

Miguel: Yo empecé a leer gracias a mi madre. Ella era una lectora voraz. Le encantaba la poesía y tenía un libro, Las mil mejores poesías de la lengua castellana, del que nos leía a mi hermana y a mí un poema o dos cada día. Mi madre recitaba muy bien y creo que fue ella la que nos enseñó a modular la voz, algo que resulta importantísimo cuando eres adulto, porque hablar bien ayuda en todo, en cualquier faceta de la vida.

Recuerdo que yo le pedía a mi madre que repitiera algún poema que me gustaba especialmente y ella me iba leyendo muy despacio hasta que yo terminaba por aprenderlo de memoria. Ésa es otra de las cosas buenas de leer desde pequeño, que te ayuda a desarrollar tu memoria, algo que luego puede venirte de perlas cuando tienes que estudiar para un examen aterrador en poco tiempo. Con ocho o nueve años, me sabía de memoria un poema muy largo de José Zorrilla, A buen juez, mejor testigo, el del Cristo de la Vega, una talla de Jesús crucificado que debe prestar declaración en un juicio por un delito de amor. ¡Cómo me gustaba esa historia! Cuando eres chaval, impresiona muchísimo, aunque a los críos actuales a lo mejor les resulta un poco antigua.

A los siete años escribí mi primera obra de teatro. Supongo que era malísima, pero a mis compañeros de clase les encantó, sobre todo el duelo final con espadas entre el capitán pirata y el marinero bueno. Desde entonces no paré de escribir. Por las mañanas, mi madre siempre corregía lo que yo había escrito la tarde anterior. Cuando yo regresaba del colegio, hacía los deberes y, en cuanto los terminaba, consultaba las correcciones de mi madre. Ella me ayudó a mejorar, a aprender, a convertirme en el escritor que soy hoy. Sus marquitas con rotulador rojo me fueron guiando en un largo camino que sigo recorriendo gracias a ella. Esas marquitas rojas me indicaron el rumbo que debía seguir, porque eso es lo que hacen los padres, ¿no? Ellos son los que nos descubren el mundo y nos ofrecen un camino. Luego depende de nosotros el seguirlo o no.

Mi madre murió cuando yo tenía 14 años. Me pasé un año sin escribir, pero pasado ese periodo de duelo volví a contar historias. Sólo había un problema: ya no estaban sus marquitas rojas. Y entonces fue cuando tuve que hacer mi propio camino, corregirme a mí mismo, que es lo más difícil que uno puede hacer. A pesar de todos los años que han pasado, sigo echando de menos esas marquitas, esas correcciones, el amor que ella puso en cada una de ellas.

Con base en tu experiencia como lector, ¿qué sugerencia harías a un padre de familia, una abuela, un hermano mayor, etc., para leer con sus niños?

Me parece importantísimo que los adultos lean con sus hijos, con sus sobrinos, hermanos o nietos. Me parece importantísimo que lo hagan en voz alta, compartiendo la historia que están leyendo, jugando a interpretar personajes. ¿Qué compartes cuando pasas dos horas frente al televisor: un bol de palomitas? Leer con un niño es compartir vuestro tiempo, compartir un mundo imaginario al que cada uno puede aportar aquello que se le ocurra, compartir emociones y aventuras y risas y temores, compartir vida.

Si un libro es bueno, ¡estupendo! Ambos disfrutaréis de su lectura. Pero también puede dar pie, después de haberlo leído, a imaginar otras historias con los mismos personajes y jugar a representarlas o a escribirlas. Porque no sólo leer es importante, también lo es escribir. Y un ejercicio estupendo consiste en proponer al niño que escriba una continuación de la historia que acaba de leer, o que tome a un personaje secundario y lo convierta en protagonista de otra historia, o que se imagine la historia original con personas reales que él conozca y haga actuar a los personajes como lo hacen las personas reales.

Lo maravilloso de leer con niños es que puedes hacer el ganso todo lo que quieras, volver a ser el niño que fuiste, volver a ser como el niño con el que estás leyendo, y eso es genial, porque por unos instantes recuperas una sensación de libertad y de placer que los años van matando. Mientras lees con un niño, sólo existe la historia y vosotros, en un reino llamado Imaginación del que ambos sois monarcas.

¡Ojito! En la medida de lo posible, resulta recomendable leer buenos libros. El daño que un libro malo, aburrido, mal escrito, puede causar es inmenso. Es responsabilidad de los padres y los educadores orientar a los niños en la busca de esos libros que les estimulen e impulsen a seguir leyendo. Pero también, y sobre todo, es responsabilidad de los propios niños. Yo me preocupé desde pequeño por buscar los libros y los autores que me gustaban. Quizá no debiéramos inculcar en los niños la idea de que deben leer, sino la idea de que deben preocuparse por su propia vida. Ser responsables de sí mismos y de su futuro… y no, como hacen tantos seres humanos, echarle la culpa de todo a cualquier cosa menos a sí mismos.

 

edebé: En tu opinión, ¿por qué es importante leer?

 

Miguel: Preguntémonos lo contrario. ¿Por qué no es importante leer? ¿Existe alguien que pueda dar una respuesta sensata a esa pregunta? Sospecho que no.

Yo suelo leer unos 7 libros al mes, normalmente para adultos, bastante extensos. Y dedico a la escritura de mis propias obras unas dos horas al día. La lectura y la escritura son importantes para mí. Forman una parte destacada de mis actividades diarias. Pero también veo películas, paseo, me corto las uñas, beso a mi mujer, voy de compras, escucho música (rock americano, casi siempre; eso incluye a la divina Tish Hinojosa, a Los Lobos, a los Super Seven, a los Texas Tornados, ¡qué bueno es ese sonido fronterizo!, órale, güey), me cepillo los dientes, beso a mi mujer, trabajo en la Agencia Tributaria, cocino, quedo con los amigos, voy a algún concierto, me ducho, voy a la playa, conduzco, beso a mi mujer, bailo hasta que el DJ se cae de sueño… ¡Yo qué sé! Hay tantas cosas que se pueden hacer en este mundo. Por fortuna, es así. Y tampoco hace falta demasiada plata para darse la gran vida. Sólo se trata de disfrutar lo que haces con quien lo haces.

Si no leyera, me moriría de aburrimiento. Pero si no besara a mi mujer, me moriría de pena. Y si no escuchara música o bailara, me moriría de vejez. Y como no quiero morirme todavía pues hago todo aquello que me hace feliz, y leer es una de esas cosas. Si la salud nos acompaña, la vida es muy larga y tenemos tiempo de sobra para hacer lo que nos plazca.

¡Por supuesto! Entiendo que haya gente a la que no le guste leer. Si no les divierte o enriquece, supongo que tendrán otras aficiones que sí lo hagan. Lo que pasa es que leer no es una afición. Es mucho más que eso. Leer es crecer. CRECER, así, en mayúsculas.

Las personas vamos creciendo en tamaño a medida que pasan los años. Nos hacemos más altos, nuestro cuerpo se estira y en muchos casos se ensancha. Es nuestra naturaleza. Un proceso meramente físico. ¿Pero crecemos por dentro? Pues, por desgracia, cuando vas por la vida conociendo personas muchas veces te preguntas si realmente lo han hecho. Lo más triste que le puede pasar a un ser humano es que desaproveche el tiempo que se le ha concedido, la oportunidad de desarrollar todas sus posibilidades. Todos tenemos unos años y unos talentos. Debemos aprovecharlos y desarrollarlos para sentirnos bien con nosotros mismos y hacer felices a los que nos rodean. Y leer nos ayuda a CRECER. No conozco ningún complejo vitamínico que nos ayude tanto a crecer por dentro como leer.

Lo malo de esta pregunta es que no sirve de nada responderla, porque un niño sólo descubrirá por qué es importante leer cuando haya leído mucho. O sea: cuando se haya preocupado por sí mismo, cuando haya comprendido que sólo depende de él convertirse en un gigante de metro y medio o en un canijo de metro ochenta para siempre.

Deja un comentario